Entre caminos

por Neftalí Méndez

El viento corría estrepitosamente esa noche, la luna se veía como ardiendo y yo, yo iba de camino a ese lugar. El miedo se posesionaba de mi alma con mayor intensidad a cada paso, la idea de no ser quien tendría un final feliz o al menos común, era la que me aterraba.

Recuerdo bien que a eso de la media noche ni los perros sirven de compañía; eso y otras cosas más hacían mi camino cansado e incluso desgastante ya no solo física sino emocionalmente.

Caminé y caminé por largo rato, pero llegó el momento en que mis pies ya no podían más, estaban hinchados y hasta con ampollas, así que decidí recostarme aunque fuera por un momento en donde pudiera y lo único que había era una banqueta con una piedra sobre ella, era una piedra de tamaño regular que bien me serviría de almohada para ese rato.

Tal era mi cansancio que bastaron cinco minutos, o tal vez menos, para quedarme dormido. Perdí completamente la noción del tiempo y del espacio y cuando desperté, la gente iba de un lugar a otro, todos atareados en sus menesteres del día que comenzaba.

Y allí estaba yo, despertando y con el aspecto de un briago, solo el aspecto puesto que yo no había tomado ninguna bebida con alcohol. Me puse en pie y sin detenerme siquiera a preguntar continúe mi camino.

De pronto alguien se había unido a mi peregrinación, fue algo extraño, estaba tan acostumbrado a la soledad que esto se me hacía difícil, había algo que impedía que yo articulara palabra y por ende que hiciera alguna pregunta a mi ahora acompañante.

Así estuvimos caminando por un buen tramo hasta que por fin, ella rompió el silencio y fue allí cuando me di cuenta, por su voz, que era una mujer.

—Aunque no gustes de mi compañía, yo tengo que seguir este camino y al menos por este día no tengo planes de detenerme a descansar.

A lo que yo solo alcancé a responder:

—Con tu compañía o sin ella yo no pienso parar, tampoco me molesta que vayas aquí, al fin cada uno lleva sus pisadas.

Esa fue la gran charla que sostuvimos, ni siquiera nos presentamos formalmente, ni un saludo cortés, todo fue tan simple y sin sentido, como si estuviera frente al enemigo intentando ganar una gran batalla que, desde mi percepción, ahora empezaba.

Mi orgullo latía fervientemente desde mi corazón y obviamente no quería parar a descansar antes que mi acompañante pues no debía mostrar debilidad y mucho menos inseguridad ante ninguna situación.

En ese preciso momento mi mente solo divagaba por ese pensamiento mientras que mi cuerpo, cual esclavo, seguía el camino tan solo dirigido por la inercia; ella parecía tan tranquila que hacía aún más grande el reto que vivía en mi mente puesto que parecía tener buenas armas para la batalla.

Y fue entonces cuando alcé la mirada y volví a la realidad por un grito eufórico que ella emitió.

—¡Allí está!, ¡allí está!, ¡vamos por el camino correcto!

Efectivamente, allí estaba. Era un pequeño sendero de piedras que nos internaría a un bosque y ese mismo era el camino para el lugar donde yo me dirigía. No quise decirle mucho, pero quería saber cómo ella estaba enterada de mi destino, finalmente solo dije:

—Sí ese es el camino, yo sabía que iba por el sendero correcto.

Mi respuesta en realidad estaba llena de orgullo, como si lo supiera todo y no hubiera ninguna duda en mí, cosa que no era verdad pero como recordarás, no quería mostrar debilidad y menos inseguridad en ningún sentido.

Continuamos el camino alejándonos de todo lo que implicaba civilización y no porque quisiéramos sino porque el lugar y el nuevo sendero era lo que ofrecía.

Estábamos cansados y eso se veía en nuestros rostros, aunque también reflejaban la alegría de estar cada vez más cerca de aquel lugar al que yo iba con mucha determinación.

El sol ya estaba declinando y las tinieblas se apoderaban del lugar, los árboles en su mayoría grandes, hacían más oscuro el lugar, poco a poco se imposibilitaba seguir avanzando gracias a la poca visibilidad y por fin ella dijo:

—Me quedaré aquí a pasar esta noche, no quiero arriesgarme de modo que algo salga mal y mi destino se vea truncado.

Esa era la oportunidad que estaba esperando, así que casi de inmediato respondí:

—Este lugar es solitario de seguro que hay animales salvajes no te puedo dejar sola, me quedaré a hacerte compañía como el buen caballero que soy.

Era obvio mi cansancio, necesitaba parar y así recobrar energías pero el orgullo era más grande, así que excusas era lo que buscaba para detenerme a descansar sin aparentar debilidad.

Al fin nos sentamos, descansamos un rato, sin decir palabra alguna y no es que en el camino dijéramos mucho. Con un poco de energías, decidí ponerme de pie y le dije:

—Necesitamos agua y algo para calentarnos, así que buscaré algo que nos ayude por aquí.

Por lo menos en eso podía ser el primero en actuar, me hacía ver valiente y hasta caballero. A todo esto ella solo respondió:

—Está bien, yo te acompaño.

Empezamos a buscar y escuchamos como una corriente que fluía, caminamos un poco y efectivamente era agua, llenamos dos botes y regresamos, ya más cerca de donde dormiríamos juntamos palos, lo cual no fue difícil porque estábamos en medio de la naturaleza; preparamos una pequeña fogata y nos sentamos dispuestos a descansar y tal vez hasta a hablar.

Allí empezó lo que jamás imaginé que pasaría, estábamos los dos casi sin saber nada el uno del otro, juntos, en un lugar oscuro y solitario, era el momento justo para hablar y saber quiénes éramos y por qué estábamos de camino a aquel lugar. La conversación empezó, tal vez con el recurso más tonto que pude emplear.

—¿Vas porque buscas tener un final dichoso en tu vida?

Digo que fue un recurso tonto porque todo aquel que se dirigía hacia ese lugar era con el afán de tener una vida dichosa, incluso un final feliz. Ella con toda amabilidad me respondió:

—Claro a eso mismo voy mi vida no ha sido tan dulce y buena, he sufrido tanto y ahora solo quiero hallar la felicidad, no me importa cuánto tenga que pasar en este camino pero daré todo por llegar y encontrar la dicha que necesito.

—Es lo que imaginé, la gente va allí con ese mismo propósito.

De repente se escuchó un tremendo ruido, la noche hasta donde iba había sido tan tranquila, pero ese ruido rompió la calma y nos llenó de expectación y pánico. Como por inercia o no sé qué, sus brazos y los míos se unieron en un fuerte abrazo, no nos importó nada más que protegernos de lo que estuviera a punto de ocurrir.

Por un momento pensé en mi vida había sido una persona sumamente afectiva pero las cosas nunca salían bien, por lo mismo decidía no aferrarme ni hacerme dependiente de nadie, pensaba que solo así no habría nada que me afectara, aunque casi siempre terminaba ocurriéndome.

Estaba inmerso en mis pensamientos y entonces otro ruido, ahora más fuerte que el primero, me volvió a la realidad; aunque también fue el apretón que me dio ella puesto que aún tenía sus brazos entrelazados con los míos.

Era una tormenta la que se estaba dejando venir y eran truenos demasiado fuertes los que estaban cayendo casi al lado de nosotros o al menos eso parecía al oír esos ruidos tan estrepitosos. No teníamos muchas opciones, puesto que estábamos en medio de la naturaleza, lo único que quería era ponernos a salvo, corrimos un poco y nos tratamos de refugiar bajo unas rocas que formaban un techo al estar unas sobre otras.

La tormenta se declaró por completo y por supuesto los truenos no faltaban, ese era ya un pretexto para mantenerla abrazada, ¿por qué lo estaba haciendo?, ni siquiera lo sabía, pero en el fondo estaba seguro de ser un sentimental incorregible, con miedo y sin ganas de mostrar los sentimientos pero sabiendo que ellos regían mi vida. Mientras mis brazos la protegían le dije:

—Prometo que mientras estés conmigo nada ni nadie te harán daño, sufriré por ti y hasta lucharé para que llegues a la meta que te has propuesto.

La tormenta se hizo prominente durante esa noche, el temor estuvo con nosotros pero aún así logramos pasarla y hasta llegar a confiar el uno en el otro, tal vez las cosas no fueron fáciles al principio, teníamos miedo a nuestros defectos.

Cada día que pasaba veíamos más cerca nuestro destino, aunque en realidad el ideal que nos movía parecía verse cumplido en la unión que ahora conformábamos; dependíamos el uno del otro y luchábamos por superar cada uno de los problemas y dificultades que se presentaban a nuestro alrededor.

Por fin estábamos cerca y ahora no queríamos llegar, lo más probable es que las cosas tuvieran que cambiar, nosotros habíamos ido para buscar la dicha que nuestras vidas necesitaban y no fue necesario terminar el viaje para encontrarla, porque en realidad la felicidad no es cosa de ir tan lejos, la encuentras en ti mismo, cada día a cada momento, depende de ti y del esfuerzo que ejerces sobre las cosas.

Finalmente sucedió lo que no imaginamos y mucho menos esperamos al salir para nuestro supuesto destino, decidimos desviarnos del camino original y empezar una nueva vida, con luchas y dificultades pero con la felicidad de estar juntos y de hacer lo posible para cada día salir adelante.