Los veteranos tenían razón

por Oziel Gómez

El teléfono sonó como a eso de las tres de la madrugada. Hacía un par de horas que por fin había logrado dormirme. Molesto me levanté y con dificultad, lentamente, logré ponerme en pie. Cruce descalzo la habitación, me detuve frente a la ventana y miré. Era una noche fría y lluviosa. Afuera, el viento mecía las hojas de los árboles, que luchaban por no desprenderse y caer; estrellaba las gotas contra la ventana. Aquel sonido de lluvia, mezclado con el del viento y el ventilador que hacía una y otra vez su rutina frente a mi cama, formaban un concierto de sonidos que me adormecían. Su ritmo contrastaba con el chillante canto del teléfono. Mi respiración formó un círculo grisáceo en el cristal frío. Caminé despacio, a tientas hacia la mesa en una de las esquinas de la recámara donde estaba el teléfono, que aún sonaba. Parecía que en vez de callarse timbraba más fuerte como si gritara mi nombre. Lo tomé y dije con disgusto:

—¿Sí?

—Buenas noches, Braulio— contestaron.

— Sí hombre, buenas noches, ¿qué quieres?

— Soy yo, Fabián, ha pasado algo malo.

Aquel era Fabián, un viejo colega. No pasaba los cincuenta años pero ya los acariciaba, así como acariciaba, resignado, la idea de la jubilación. Trabajábamos juntos en el periódico Nuevo Amanecer, en la sección policiaca. Yo era el reportero de planta, lo que significaba un buen sueldo y buenas prestaciones. Él era un apasionado de su puesto como informante de la policía. Sí, solo el informante, al que su única encomienda era actualizar las listas de fuentes de información y notificar a la policía de cualquier pista que consiguiéramos y que podría ser de ayuda en la solución de un crimen. Lo había conocido unos diez años atrás cuando fui a una entrevista de trabajo en el periódico. Tenía casi dos décadas trabajando para el Amanecer, aunque últimamente, como me contó después, lo habían ido desplazando poco a poco hasta que en los últimos meses solo lo mandaban a cubrir casos menores y aislados. Él nunca lo supo, pero yo iba a la entrevista para suplirlo en la policiaca. Dos días antes había encontrado en el periódico el anuncio de que solicitaban un reportero joven para cubrir la sección y para mí, que apenas regresaba del extranjero con deseos de reportear, me resultaba fabuloso.

No me sorprendió escuchar la cansada voz de Fabián de madrugada, muchas veces antes, el escuchar su voz a esas horas no significaba otras cosa que salir hacia la oficina para revisar algún dato o ir a cubrir algún crimen.

Era curioso que él, que se desvelaba más que yo, haciendo conjeturas y atando cabos, fuera únicamente un informante. A veces me resultaba un viejo tan ingenuo, y hasta tonto cuando me recomendaba cambiarme de “la policiaca”, con su argumento de que a largo plazo tantas escenas violentes podrían tener un efecto negativo en mi mente. El caso es que aquella noche, como de costumbre, me llamó.

—¿Qué pasó Fabián?— dije mientras bostezaba.

—Acaba de llamarme el comandante, dice que encontraron el cadáver de una mujer. Allá por el bar “El cuarto” ¿ya te ubicaste?

—Sí, ya me ubiqué, pero, ¿qué con eso?, pasa a cada rato.

—Esta vez es diferente, es la tercera mujer muerta en dos semanas.

—Entonces vayamos, yo te guio. Avísame cuando ya vengas.

—Sal, ya llegué— dijo.

Afuera la cosa estaba peor de lo que parecía desde adentro. Los árboles se sacudían con fuerza y llovía con más intensidad. El salir aumentó las ganas de correr a la cama otra vez. Pero ahí estaba aquel viejo, montado en su Caprice rojo del 90. Estacionado bajo una farola que iluminaba las gotitas que chocaban contra el parabrisas. Me senté con cuidado y tratando de no hacer ningún movimiento brusco, cerré la puerta y el carro avanzó.

Recuerdo que el día en que conocí a Fabián, cuando estaba sentado en las escaleras afuera del imponente edificio del diario, en el centro de la ciudad, se acercó un grupo de viejos. Eran reporteros y lo supe por los gafetes que caían sobre sus chaquetas. Se acercaron mirándome con curiosidad. Yo esperaba que dieran las once para ser entrevistado y revisaba mi fólder amarillo, asegurándome que todos los papeles requeridos y uno que otro de relleno, estuvieran en orden y completos. El primero en hablarme fue, como luego lo supe, Fabián. Me preguntó mi nombre y si estaba buscando empleo. Le contesté que sí y le conté un poco de mí. Los viejos escucharon atentos sin decir ni una palabra. Eso, hasta que dije que me interesaba trabajar en la sección de crímenes. Al escucharlo se miraron unos a otros desconcertados. Les dije que solo me interesaba el sueldo y tener pronto un trabajo. Que había escuchado que pagaban muy bien por cubrir la policiaca y era más que suficiente. Que iba decidido a pedir una entrevista con el editor de la sección. Al parecer sentían una cierta responsabilidad por mí, o al menos eso parecía, porque no pararon de intentar convencerme para que no entrara a esa sección hasta que dieron las once. Escuché a unos contar los horrores de la sección, las peores cosas que uno podría ver y otros lo confirmaban. Contaban de torturas, violaciones, asesinatos, mutilaciones, todos los crímenes tan sádicos y crueles, que muchos habían renunciado o pedido un cambio. Para mí no eran más que exageraciones, hacía una semana que había regresado al país y no había escuchado ni un solo crimen de ese tipo.

Esa noche avanzamos bajo la lluvia y la oscuridad; doblamos varias decenas de esquinas y nos pasamos otras cuantas decenas más de semáforos en rojo. Para despertarme intentaba leer los espectaculares; uno anunciaba una obra de teatro que me pareció aburrida. Anduvimos por las calles del centro unos treinta minutos. Lo apuraba de vez en cuando, con el argumento de que lo mínimo que podía hacer por andarme paseando a esas horas era ir de prisa para terminar lo más pronto posible. Llegamos por fin al lugar, en los límites de la ciudad. Fabián se bajó de inmediato y caminó rápidamente hasta donde se lo permitían sus fuerzas. La zona ya estaba acordonada y llena de policías. Sobraban los chismosos y era impresionante la cantidad de gente dispuesta a interrumpir su sueño solo para tener qué contar al día siguiente.

La luz de la sirena de la ambulancia golpeaba mis ojos y me obligaba a fruncir el ceño y entrecerrarlos. Ya no sentía la misma pesadez de antes pero sí las mismas ganas de estar en la cama. De pronto el choque de un nudillo contra el cristal empapado me hizo reaccionar. Era Fabián, que me hacía señas para que saliera del auto. Me costó más salir del auto que entrar. Tuve que apoyarme en la puerta. Apenas un pie afuera y las gotas se estrellaron contra mi cara. Levanté el cuello de mi gabardina y me encogí de hombros; cruce los brazos y los apreté contra mí para mantenerme caliente. Caminé unos diez pasos hasta la cinta de “no pasar”. Sentía cómo corrían las gotas por mi rostro y el frío que me helaba la nuca.

Miré fijamente el cadáver cubierto por una tela blanca, en la que se dibujaban unas manchas rojas. Por un lado, bajo la sábana se escapaba una mano con unos dedos pálidos, mojados y seguramente muy fríos.

Aquel día, cuando conocí a Fabián, mientras intentaba convencerme de que no solicitara trabajo en esa sección, me fastidié de sus argumentos y decidí entrar al edificio. El reloj ya marcaba las once y cinco, no quería llegar tarde. Así que dejé sus consejos tras de mí y me dirigí hacia la secretaria. Apenas me vio hizo que pasara con el director. No fue difícil que me contrataran, escaseaban los reporteros jóvenes que quisieran entrar en la sección. No lo sabía aún pero Fabián, el viejo que tanto me había rogado no entrar a esa sección, sería mi compañero. Así que al día siguiente en la oficina del editor se presentaron dos sujetos. Uno joven, con energías e interesado en el dinero; el otro, más viejo, con experiencia, pero ya cansado.

Apenas me acerqué a la escena me abordó el comandante. Un hombre gordo y de un bigote negro que colgaba bajo su nariz; de grandes ojos y gruesas cejas. Me hizo pensar en un gran globo, pues se acercó envuelto en un ridículo impermeable amarillo.

—Braulio, bienvenido— me dijo, mientras se secaba la cara que casi al instante era cubierta por más gotas.

—Buenas noches señor, ¿qué pasó aquí?— pregunté, indicando con un movimiento de cara en dirección al cuerpo.

—Pues mira nomás, inicialmente parecía un asesinato normal, bueno normal dentro de lo que cabe, ya parece normal encontrar muertos por aquí.

—Sí, la cosa está fea. Pero dígame, ¿por qué dijo parecía normal? ¿ya no lo es?

—Pues todo era como de costumbre, un ataque común, pero esto coincide con la muerte de otras dos mujeres la semana pasada. Dos puñaladas en el estómago, un corte en el cuello, además de que todas las joyas están en su lugar.

—Un patrón ¿eh?

—Un patrón, quizás, en eso andamos. Un testigo aseguró haber visto cómo la víctima se defendía y atacaba al agresor, dice que sacó un cuchillo de su bolso y lo “picó”.

—Eso es una pista, podría ser de ayuda— dije en tono burlón.

—Ya mandamos alertas a todos los hospitales para que nos notifiquen de algún recién ingresado con un corte a la altura del estómago.

—¿Y si la mujer no lo hirió?

—Sí que lo hirió, el testigo dijo haber visto cómo huía cojeando.

—Bueno, entonces sí, averigüen en los hospitales— dije y me di media vuelta. Me puse a contemplar la calle. Las gotas de lluvia hacían borrosa mi visión. Era la luz tenue de una farola, lo único que iluminaba, además de las sirenas de las patrullas. El cuerpo estaba tirado en la esquina, frente a un gran portón de metal negro por que el se asomaba la cabeza de un hombre que miraba con espanto. Las personas estaba amontonadas en contra esquina y los ministeriales hacían un esfuerzo por retenerlas ahí, porque si no después sería un problema impedir que sacaran fotos. La lluvia había cesado un poco, pero el viento y los truenos sonaban con la misma fuerza. Poco me interesaba la mujer muerta, lo que yo quería era irme. Comenzaba a sentirme mareado y aturdido. Tenía las manos y los pies entumidos por el frío y mi corazón latía acelerado. La luz de las sirenas de las ambulancias y patrullas de policía seguía molestándome.

Recuerdo que en el primer día de trabajo en el Amanecer, hacía un terrible frío. Por gracia de Dios no hubo nada qué cubrir, cosa rara. Pasé la mayor parte del día acompañado de Fabián quien me dio un recorrido por el edificio. Éramos como un par de chiquillos subiendo y bajando por el elevador, deteniéndonos en cada nivel para echar un vistazo. Caminábamos entre los cubículos de personas que no conocía pero que parecían amigables y más de uno levantó la mirada y me saludó. No hablamos mucho Fabián y yo, nos limitábamos a caminar y observar aquellos nuevos sitios que a partir de ese día sería mi trinchera.

En una de esas vueltas, cuando salimos del elevador, caminamos por un largo pasillo que tenía puertas a ambos lados. En ellas se leían los nombres del director, la subdirectora y la editora. Mi mirada se desvió hacia el ventanal del fondo. Desde ella se apreciaba muy bien la avenida de abajo, con sus historias, sus prisas y su gente caminando metida en sus asuntos e ignorando su entorno.

—Bueno, al menos tenemos una vista bastante buena— comenté, y apoyé mi frente en el cristal, mientras daba un enorme suspiro como añorando no tener que terminar con ese día de descanso, pues seguramente no faltaba mucho para que comenzaran las llamadas reportando algún crimen.

Y así fue, pues a la mañana siguiente el teléfono interrumpió mi desayuno, y aquel era el principio de un montón de asesinatos y crímenes que tuvimos que cubrir los diez años anteriores. Y con mucha razón me lo dijeron tantos veteranos: son imágenes que te marcan y quieras o no tu mente no vuelve a ser la misma, luego de presenciar el lado salvaje del civilizado ser humano y hasta dónde es capaz de llegar a ser deshumano.

El llanto de una mujer llamó mi atención nuevamente hacia la escena. Allí, una señora de unos sesenta años, cubierta con un abrigo largo y negro, se arrojaba dando de patadas y golpes contra los oficiales que le impedían el paso. Sin duda era un familiar muy cercano. Miré aquella figura inerte en el suelo, estaba empapada y la sangre se había diluido un poco. Los policías se inclinaban para tomar muestras y fotografías. Esta vez fue Fabián quien se acercó:

—Está muy raro. La policía sospecha de un asesino en serie, pero uno bastante bueno pues no ha dejado pistas hasta ahora, no ha tenido errores como otros, que en la primer víctima dejan evidencia— dijo y sacó un cigarrillo que no pudo encender por tantas gotas que caían en su cara.

—Pues, espero que lo encuentren Fabián, de verdad espero que lo encuentren.

Me miró fijamente y pensativo unos instantes y luego se marchó. Para cuando mi compañero terminó de entrevistar a algunos policías y al único testigo, yo ya tenía con qué distraerme y jugaba con un par de naipes que había encontrado en mi gabardina. Tenía un hambre terrible, me dolía la cabeza y estaba completamente empapado. Hacía unos segundos que con dificultad me había sentado en la orilla de la banqueta cuando Fabián se aproximó con su libreta en la mano y me dijo:

—Bueno mi compañero, aquí nuestro trabajo está terminado, solo queda que la Cruz Verde levante el cuerpo y este show se habrá acabado.

—Perfecto— le contesté.

Me miró con unos ojos interrogativos como si no fuera yo. Durante todo el camino me había mirado de reojo. como esperando alguna respuesta específica. Yo únicamente miraba al vacío, pero en dirección al cuerpo. Quizá por sueño, quizá por pesadumbre.

—Te noto diferente Braulio— me dijo mientras sacudía con la mano el agua de la orilla de la banqueta y se dejaba caer de golpe sobre el húmedo asfalto. La lluvia había cesado un poco y eso mejoraba la situación.

—Ya sabes, todo esto de los crímenes después de un tiempo termina agobiándote la mente y cada vez te impacta más la crueldad humana, eso es todo.

Desvié la mirada y saqué un cigarrillo de mi bolsillo. De inmediato me ofreció su encendedor. El humo del cigarro salió por mi nariz y me hizo tocer provocando un gemido. Fabián me miró con espanto.

—¿Seguro que estás bien?— y puso su mano en mi hombro.

—Sí hombre, ya te dije, es el sueño y el hambre que me tienen así, deberíamos ir a cenar algo ya que andamos en la calle.

Sus ojos seguían mirándome de la misma manera. Era esa mirada que le salía cuando entrevistaba a alguien que él suponía escondía algo. Se levantó con un movimiento rápido y tendió una mano para levantarme. Tuve que darle las dos y un gemido ahogado me salió cuando hice un esfuerzo para pararme. No lo notó. Entramos al carro y me ofreció una toalla para secarme la cara y las manos pues estaban empapadas.

A Fabián siempre lo había caracterizado su habilidad para sacar información donde otros habían fracasado. Constantemente el redactor lo felicitaba por tal habilidad y él simplemente sonreía con modestia. Yo me sentía a veces bien por tenerlo como compañero y aunque la sección policiaca no era lo mío, de vez en cuando ponía bastantes ganas para hacerlo muy bien. Debo admitir que generalmente lo hacía a medias. Los últimos días había tenido bastantes malos ratos, tantos que tuve que pedir un par de semanas de vacaciones por adelantado. La razón, pues que de noche comenzaba a tener pesadillas sobre todos esos casos que me habían tocado reportar. Veía las imágenes tan reales y a menudo despertaba desorientado y con dolor de cabeza. Comenzaron a preocuparme aquellos sueños, los rostros de los familiares que me miraban y me culpaban por no hacer nada y limitarme a transmitir la información. Estaba inmóvil como un testigo de los crímenes que solo miraba mientras se cometían.

—Las otras dos mujeres murieron de la misma manera, dos cortes en el abdomen y otro más en el cuello, en ninguno de los dos se dejaron pistas ni nada de dónde agarrarse para dar con el asesino— comenzó a decirme Fabián cuando nos sentamos en una mesa del restaurante Las cazuelas, donde por todos lados colgaban adornos típicos de las fiestas regionales y estaba inundado de un olor a cigarro que se mezclaba con el aroma de los tacos de asada que comían nuestros vecinos. Nuestra mesa estaba cubierta por un mantel rojo con holanes verdes en las orillas y en el centro de la mesa había salsas de muchos colores.

—¿Sabes qué es lo curioso? No sé si habrás notado, pero en la escena del crimen había más de un reportero del Amanecer, incluso vi al director dentro de su carro.

—No, no me di cuenta, había demasiada agente y no lo noté— dije desinteresado.

—¿Sabes Braulio?, las tres mujeres que ahora están muertas eran informantes en diferentes secciones de nuestro diario.

—¿Te lo dijeron?

—No, yo saqué mis conclusiones. Mira, soy el informante de la policía, me encargo de actualizar las listas de informantes del diario, para que los reporteros siempre tengan información actual, números, direcciones y esas cosas. Por mis manos pasan las fotos, las firmas y otras cosas sobre esas personas y te puedo jurar que esa mujer era informante. Ya la había visto entre esos documentos.

—Pero ¿y cómo has sabido de las otras dos?

—Pues simple, en los tres homicidios ha estado presente el director, le ha bastado con observar desde lejos. No sé si recuerdas, pero yo fui el único del diario que cubrió esos casos pues tú habías pedido incapacidad. Me sorprendió verle, pero no quise preguntarle nada. Vi a aquella mujer muerta y no me pareció conocida, pero al siguiente día, me mandaron la lista de los informantes para que la actualizara, aunque hacía apenas dos días que lo había hecho, cuando generalmente lo hago cada dos semanas. No dije más y lo hice. Nada había cambiado, salvo un fólder amarillo que tenía una cinta roja con una nota: Dar de baja. Incluía una descripción de la persona pues en casos así no se me permite ver las fotos ni los motivos de la baja. Pasaron unos días y nuevamente me tocó suplirte en otro caso. Era otra mujer, que no reconocí, pero nuevamente me topé con el director en el lugar. Y otra vez, al día siguiente me pusieron a actualizar documentos de informantes. Se me hizo muy raro ver el sobre amarillo con el mismo tipo de información que el anterior. Esta vez la curiosidad me ganó y abrí el sobre, ahí estaba la foto de la mujer asesinada el día anterior. Un escalofrío me recorrió y de inmediato guardé las cosas en el sobre y terminé con el proceso. Había olvidado el incidente hasta hace un rato, que nuevamente vi al director en su carro, mirando hacia la gente. En ese momento recordé los casos anteriores y mi vista se centró en aquél cuerpo tendido en el asfalto. Me acerqué para verla bien y ahí de inmediato recordé aquél pálido rostro. La había visto en una de esas fotos de los informantes. Era fácil de recordar pues tenía un lunar singular en una mejilla y unos ojos azules muy bonitos.

Ya habían servido la cena, un enorme plato de caldo rojo y humeante estaba puesto frente a mí, pero el apetito se había ido. Fabián me miraba con los ojos inyectados en sangre, mientras me terminaba de contar.

—¿Tienes miedo?— le dije tranquilamente al momento que se dibujaba en mi rostro una sonrisa burlona.

—No, no es miedo, pero es una preocupación que cargo, si así de fácil matan a los informantes, dos de ellas eran personas de influencia, tenían dinero y un equipo de seguridad, imagínate a nosotros, que escasamente tenemos cuidado de nosotros mismos, ¿cómo nos vamos a cuidar de un loco asesino?

—Tranquilo amigo, no han de tener nada contra nosotros, solo nos limitamos a escribir su información, la cosa es con ellas yo creo.

—Bueno, solo espero que tengas razón.

Prendí un cigarrillo. Fabián estaba pagando la cuenta, ya no llovía y el cielo se comenzaba a despejar, poco a poco miles de puntitos brillantes se asomaban. Ya en el auto Fabián se notaba tenso, sus arrugadas manos apretaban con fuerza el volante y manejaba despacio y pensativo. Encendí la radio para alivianar aquel ambiente tenso y comencé a silbar la canción que sonaba. Eran casi las seis de la mañana cuando tomamos la avenida que nos llevaba directamente a mi departamento. Él se veía cansado, más por la edad que por el desvelo de esa noche. Sus canas estaban húmedas y su respirar era más lento. Doblamos la última esquina y pude ver mi departamento al fondo de la calle. Desde que salimos de “Las Cazuelas” noté cómo poco a poco la ciudad se iba llenando de vida y todos comenzaban su rutina. Esa vida que ya empezaba sin una menos, pero eso nadie lo sabía. Vi a mi vecino salir vestido con un traje marrón y un portafolio negro y dirigirse a la parada de autobuses. Por la otra calle pasaba el repartidor de tortilla en su vieja y ruidosa moto. El día clareaba poco a poco y llegaba un martes fresco con un aroma a lluvia y tierra mojada. Cuando el Caprice se detuvo frente a mi casa Fabián me miró con sus ojerosos ojos y me tendió la mano.

—Descansa Braulio, fue una larga noche.

—Gracias, hasta mañana— respiré hondo y con un enorme esfuerzo salí del auto.

En mi departamento hacía calor y la alarma ya sonaba al lado de mi cama. Cada paso era más difícil y comenzaba a sentir fiebre. Mis manos sudaban abundantemente y mi visión era borrosa. Me serví agua en un vaso y le puse dos cubos de hielo. Sentado en el sillón jugaba con ellos en mi boca.

La semana anterior, el día miércoles una mujer se sentaba con una copa de vino en la mano, un blusón escotado y una cabellera rubia colgando por sus hombros, minutos más tarde estaba recostada en el sillón, muerta. La apuñalaron dos veces en el estómago y una más en el cuello en su propia casa. Había servido dos copas para ella y su acompañante, solo que ella nunca le dio un trago. Murió lentamente, recostada en el sillón. Se parecía tanto a los asesinatos que había cubierto anteriormente y sus ojos mostraban el mismo miedo que veía reflejado en los ojos de las víctimas de otros crímenes. Dos días después, al otro lado de la ciudad, en una colonia de ricos, una morena cuarentona moría de la misma manera, sentada en su sofá, tomando un descanso para siempre. La mujer de anoche, tuvo menos suerte y menos tiempo de llegar al sofá, la muerte la alcanzó en la calle, a solo unas cuadras de su casa. Vestía un pantalón blanco y una blusa negra. Caminaba a prisa pues la lluvia comenzaba a caer con fuerza y no llevaba abrigo. No tuvo ni tiempo de correr cuando sintió una mano que desde atrás la sujetaba por el cuello con fuerza. Entre el forcejeo el agresor no advirtió el filo de la navaja que la mujer sacó del bolso, sino hasta que sintió la punzada en un costado del abdomen. Reaccionó rápido para hundir de un golpe su puñal en el cuello de la mujer que forcejeaba para soltarse. No fueron más de dos minutos. La víctima se fue debilitando rápidamente hasta que se desplomó en el suelo. El tajo en el cuello había sido mortal y el del abdomen comenzaba a sentirse igual. Hundió dos veces más la navaja en el estómago de la agonizante dama y se marchó rápidamente cojeando.

Cuando los cubitos se hubieron derretido me levanté con pesadumbre y dando largos gemidos ahogados. Entré al baño mientras me quitaba la camisa. Ya el dolor era más agudo y punzante. Sobre mi camiseta vi dibujada una mancha circular rojiza. Sentía frío. Me levanté la camiseta y comencé a desenrollar la venda hasta que vi la herida que medio había suturado. A unos centímetros de mi ombligo se dibujaba la línea de una puñalada profunda, esa rubia sí que sabía defenderse. Después de todo aquellos veteranos habían tenido razón, tanta violencia me había afectado. Al menos no tenía que ir al hospital donde ya estaban buscando.