Tras el sueño americano

por Melissa Bautista

Vivía con su tía Rosa, su madre lo había abandonado cuando tenía dos días de nacido y desde ese momento su vida cambió. La tía lo quería mucho pero por tal motivo se había ganado el odio de sus primos. Había crecido en la miseria durante sus primeros doce años de vida y nunca fue a la escuela. José, mejor conocido como Pepe era noble y obediente, la única mamá que conocía era su tía Rosa y ella lo amaba. Lo había criado como su propio hijo y él era tan bueno que se ganaba el cariño de muchos.

Pepe le ayudaba a su tía en los quehaceres de la casa, le daba alimento a las gallinas y ya en las tardes acarreaba agua de un pozo que estaba a un kilómetro de su casa.

El barrio donde vivía era el más pobre de la ciudad, no había luz, mucho menos agua y ni imaginarse que algún día llegara a pasar por ahí el gobernador, lo único que veía llegar eran las enfermedades sobre su tía y que en muchas ocasiones no había ni para los medicamentos.

Estos sucesos hacían pensar a José en buscar una salida para la pobreza que les embargaba y poder darle una mejor calidad de vida a su mamá.

El día que Pepe cumplió doce años, decidió ir a ver a Don Martín y contarle la situación por la que había estado pasando durante años con su familia; el señor le dio una invitación que lo dejó pasmado. Lo instó a ir con él a los Estados Unidos de América, le contó cómo estaba el asunto y le dijo que allá los dos se harían de dinero muy rápido y que en muy poco tiempo regresarían a su barrio para sacar a sus familias adelante. Esta plática dejó emocionado al niño, pero también preocupado, pues no quería dejar a su tía y mucho menos sabiendo que esos hijos que tenía eran unos buenos para nada, no sabían hacer tortillas a mano y no cuidaban a su madre.

Pepe comenzó a pensar en todas las palabras de Don Martín y decidió contarle a su tía lo sucedido. Esa misma tarde, al llegar a su casa, se acercó a su tía y le dio un beso en la frente, la abrazó y le expresó cuánto la quería.

Ella conociendo a José le preguntó lo que ocurría y él no pudiendo ocultar sus emociones encontradas comenzó a llorar como lo que era: un niño.

Ella desconociendo aún el motivo lo abrazó con un amor maternal y trató de tranquilizarlo. Él comenzó a contarle la plática que tuvo con Don Martín por lo que ella se asustó, pues hacía tres años que uno de sus vecinos había intentado cruzar a los Estados Unidos y había regresado en ataúd. Ella no quería que le pasara lo mismo a Pepe, por eso le prohibió visitar al señor Martín y le hizo prometer que nunca más hablaría con él.

Pasados algunos días la tía Rosa mandó a Pepe a la ciudad a comprar algunos medicamentos, pues había recaído con su asma; él fue lo más pronto que pudo, pero en el camino se encontró a Don Martín y le comenzó a hacer plática, el niño trataba de ser muy cortante, pero a la vez respetuoso, pues, aunque no había ido nunca a la escuela, su tía le había inculcado buenos modales. El señor le comenzó a contar que ese día tenía un viaje para el norte y que dentro de dos días cruzaría el Río Bravo para llegar a los Estados Unidos, vivir por unos cuantos meses el sueño americano y juntar dinero para sacar de la pobreza a toda su familia.

En ese momento Pepe comenzó a estremecerse, pero él pensaba que esa era la única forma en que podría ayudar a su tía.

Ese día decidió vivir la aventura americana con Don Martín y no regresó a su barrio.

Al llegar la noche la tía comenzó a preocuparse por Pepe, pues este no aparecía por el camino y se había ido muy temprano, así que fue a buscarlo con los vecinos y le preguntaba a cual se le pusiera enfrente si había visto a su hijo, pero nadie supo darle seña alguna; a lo lejos vio a unos niños jugando y se imaginó que podía encontrarlo entre ellos, así que se acercó y les preguntó por Pepe y uno de ellos le dijo que lo había visto a medio día ir por el camino con Don Martín, pero no sabía más, entonces, la tía salió corriendo como pudo y fue hasta la casa del tal Martín y encontró a su esposa, le preguntó dónde estaba su marido y ella le respondió que esa misma mañana había salido rumbo a los Estados Unidos. La tía Rosa no podía imaginar lo que estaba escuchando, comenzó a llorar como una loca, desesperada y aterrorizada por lo que le pudiera pasar a Pepe y comenzó a suponer que su pequeño se había ido con Don Martín. No sabía qué hacer y ya era muy tarde para salir a buscarlo, quizá ni siquiera lo encontraría.

No pudo dormir de tan solo pensar si Pepe estaría pasando frío, si tuviera hambre, sueño o si estuviera vivo.

Mientras tanto Pepe y Don Martín iban en el carro que los dejaría cerca del Río Bravo donde cruzarían.

A la mañana siguiente estaban listos para continuar su aventura. El autobús llegó a su destino y todo ese día se hospedaron en un hotel de mala muerte, pues era lo más barato que habían encontrado; a esos lugares nadie se acercaba. En plena noche abandonaron el hotel y una camioneta los recogió para llevarlos a orillas del Río Bravo. Pepe estaba muy asustado y lo único que hacía era aferrarse a la mano de Don Martín quien estaba preocupado por el muchacho y por él.

Llegó la hora, era el momento de cruzar para continuar el camino. Todo el grupo que iba con ellos comenzó a zambullirse en el agua y nadaban poco a poco para no agitar tanto el agua y no llamar la atención de nadie. El agua estaba fría y aunque casi no tenía corriente, la adrenalina les provocaba pánico. Les llevó algunos minutos cruzar el río, pero lo lograron, todos iban callados y en fila. Pepe seguía a Don Martín pues éste se había amarrado a la cintura una cuerda que sujetaba al muchacho.

Parecían padre e hijo junto a un grupo de personas unidas por una misma meta. Todos lograron cruzar y caminaban lo más rápido posible para alejarse de la orilla vieron una patrulla, pero al parecer no había policías, de pronto vieron una camioneta ésta los llevaría a su último destino.

Todos subieron y nadie preguntó nada, estaban cansados, tenían hambre, sueño y no asimilaban que hubieran podido cruzar con tanta facilidad; parecía que la suerte estaba de su lado.

Al llegar al lugar donde se bajarían se dieron cuenta que habían muchas hortalizas, lo primero que hicieron fue comer, todos parecían muy hambrientos y a los pocos minutos comenzaron a trabajar como jornaleros. Las mujeres preparaban la comida, pero también recogían hortalizas. Al parecer no les iría tan mal, para ellos el sueño americano fue entre las hortalizas y no en las grandes ciudades, pero no les importaba pues su paga era buena y los trataban bien.

Habían pasado tres meses desde que Pepe y Don Martín salieron de su pueblo y desde entonces la tía vivía en un mar de lágrimas, sufría por no conocer el paradero de José y también por el mal comportamiento de sus hijos.

Mientras tanto el pequeño trabajaba todos los días con gran entusiasmo para regresar pronto a casa.

Después de un año y tres días, antes del cumpleaños de Pepe, el pollero regresó por ellos para llevarlos de vuelta a México. Todos estaban emocionados y en verdad que lo estaban, pues ya regresarían a ver a sus familias y, sobre todo, porque llevaban una buena cantidad de dinero en sus manos.

Al día siguiente partieron con destino a México, pero antes, tenían que cruzar el río de nuevo y esta vez las cosas no serían fáciles. Ya era de noche y para cruzarlo tuvieron que esperar hasta la madrugada, pues a lo lejos alguien vigilaba a los policías y les anunciaba que aún no era seguro cruzar.

En un descuido de los oficiales los inmigrantes comenzaron a avanzar hasta llegar a la orilla, pero para su mala suerte esta vez la corriente era fuerte, a nadie le importó, todo lo que querían era cruzar y no ser atrapados por la migra; como hacía un año, el joven iba aferrado a Don Martín, pero en esta ocasión no estaban amarrados.

Ya había pasado la mayoría cuando de pronto apareció la migra y comenzó a amenazarlos con sus armas y al ver que los inmigrantes no se detenían empezaron a disparar al aire, todos corrieron y Pepe lo único que hizo fue buscar a Don Martín, pero no lo veía, a lo lejos observó que alguien gritaba, era él, una bala perdida lo había herido muy cerca del corazón, no se sentía capaz de poder escapar, así que cuando el muchacho se acercó le dio el dinero que llevaba, le dijo que se lo entregara a su familia y que les dijera que los amaba. Pepe comenzó a llorar y lo único que hizo fue despedirse de él, le dio un beso en la frente y salió corriendo lo más rápido que pudo ya que una camioneta los estaba esperando.

Al día siguiente Pepe vio la luz de un nuevo día, todo había pasado muy de prisa y cuando bajó de la camioneta se dio cuenta que estaba en su pueblo. Salió corriendo rumbo a la casa de su mamá Rosa, quería abrazarla y pedirle perdón por haberla desobedecido, a lo lejos vio a una señora acarreando a las gallinas, era su viejita adorada, ella volteó y cuando lo vio no le importó la bolsa de maíz que traía en la mano, la tiró y salió al encuentro de su pequeño, lo besó y él le pidió perdón por haberse ido sin avisar y también por no haber llegado ese día con los medicamentos, pero ahora traía más dinero para poder hacerle una casa más bonita y los dos lloraron. La tía le preguntó por Don Martín y él le contó lo ocurrido. Ella se puso muy triste, pero a la vez le agradecía a Dios por el gran regalo de ver a su hijo de nuevo. Esa misma tarde decidieron visitar a la esposa del señor Martín y al contarle la historia se puso a llorar, la tía Rosa la abrazó e intentó calmarla hasta que lo logró.

En ese momento Pepe sacó de la bolsa un sobre que contenía todo el dinero que Don Martín había ahorrado para ellos, se lo entregó y le dijo que no había gastado ni un peso, que todo lo había guardado para que pudieran vivir mejor. Él siempre hablaba de ella y el amor que le tenía era lo que lo motivaba a trabajar arduamente.

A Pepe le enseñó a ser fuerte, a no darse por vencido y el muchacho llegó a amarlo como a un padre.