En el origen del mundo Dios manifestó su amor y su cuidado por la humanidad. Seis días fueron empleados en la preparación de un mundo perfecto, terminando así al final de la semana con la celebración de su creación, cuando Dios vio que todo lo que había creado era bueno en gran manera, reposo bendijo y santificó el día séptimo como una señal y un recordativo de su creación (Génesis 1 y 2).
Así como él creó todo para bien nuestro, de la misma manera Dios crea en nosotros una nueva criatura, para que juntos podamos glorificar a Dios en todo lo que somos y en todo lo que hacemos en nuestro diario vivir. El sábado tiene la dualidad de presentar a un Dios poderoso a un Dios que tiene el control y la soberanía de todo, un Dios maravilloso que está interesado por el bienestar integral de cada uno de sus hijos. Cuando alabamos a Dios en el sábado reconocemos que tenemos a este grande, poderoso, precioso y eterno Dios que está al cuidado de nosotros. La invitación es de que cada sábado podamos honrar y glorificar a Dios porque a él le debemos todo, porque por en él somos y existimos.
El Sábado nos permite entrar en la santidad de Dios, nos permite ser uno con él porque nada ni nadie ocupa nuestro pensamiento más que él, es un día donde podemos ver y disfrutar de la obra que Dios hace en nosotros, en su pueblo, es un día especial porque en él le decimos a Dios que descansamos en la obra perfecta y completa de nuestro Señor Jesucristo, le estamos reconociendo a Dios que por él somos, si por eso lo adoramos, lo exaltamos en el día que él ha determinado. En la obediencia al sábado, en la santidad del sábado, en la intimidad del sábado nosotros podemos decirle a Dios que creemos en la obra de Cristo y también manifestamos al mundo como un testimonio vivo de la obra que Dios ha hecho, no solamente creemos sino que lo mostramos al mundo.