El Espíritu Santo es quien ilumina nuestras mentes y nos hace ver nuestra condición de pecadores no para huir de la presencia de Dios, sino más bien para acercarnos al trono de gracias y hallar el oportuno socorro mediante los méritos de nuestro salvador Jesucristo.

Mientras más rayos de luz iluminen nuestra vida, más reconoceremos nuestra incapacidad y veremos nuestra pecaminosidad para referirnos al Dios todopoderoso, que puede redimirnos mediante la preciosa sangre de Cristo.

Satanás siembra en nuestras mentes arruinadas, pensamientos que nos hacen dudar del amor y del poder de Dios, nos hace creer que Dios está candado de nuestros continuos fracasos que perdemos de vista a Dios y nos centramos en nosotros mismos.

En la Sagrada Palabra de Dios hay multitud de vidas que se asemejan a las nuestras, vidas que fueron arruinadas por el pecado, pero vidas que no fueron olvidadas por el Eterno, Dios fue misericordioso y compasivo porque esas vidas fueron compradas con la sangre del Cordero. Es así como Cristo nos rescata de la esclavitud del pecado y nos libera completamente del poder opresor del Diablo.

No hay pecado tan grande que no pueda ser perdonado ni vida tan destruida que Dios no pueda transformar, Dios es fiel y cumple sus promesas a pesar de nuestra infidelidad, para Dios nada es imposible, es su amor manifestado en la cruz lo que nos garantiza su perdón y gracia.

Al estar en esta íntima comunión con Dios, aborrecemos el pecado no por lo que nos causa sino por lo que le hizo al inmaculado Hijo de Dios, estaremos conscientes del precio infinito de nuestra redención. Siendo que Dios odia el pecado pero ama al pecador, podemos acercarnos confiadamente al trono de su gracia para hallar el oportuno socorro.

Nuestras vidas son transformadas para sujetarse a Dios en obediencia y servicio desinteresado en favor de la humanidad, nos convertimos en testimonios vivientes del Poder y del Amor de Dios, para que otros que se encuentran esclavizados por el pecado, obtengan paz y redención, ya que somos canales por los cuales la gloria de Dios llega a sus vidas, medios por los cuales Dios se manifiesta a ellos, tal y como lo hizo con nosotros cuando nos halló muertos en nuestros delitos y pecados, al darnos vida juntamente con Cristo.

El perdón es una obra que solo Dios puede hacer, no hay intervención humana en su efectividad, pero sí requiere fe genuina como la de un niño que cree fielmente lo que su padre terrenal le dice, para poder recibirlo.

Al creer en cada promesa que Dios nos da, son despejadas nuestras mentes de las sombras que el enemigo colocó mientras estábamos alejados de su gracia . Debemos dar pasos de fe, movidos por el Poder del Espíritu Santo, debemos creerlas aunque no sintamos que somos dignos, de hecho la fe no se trata de sentir, más bien se trata de actuar.